LA GRAVITACION
UNIVERSAL


Isaac Newton (
1642 - 1727 )

Mortales:
Congatulaos de que, para honra del
humano linaje,
haya vivido hombre tan grande.
(Traducción del
epitafio puesto en la tumba de
Newton).
Newton, " el
hombre máximo de la ciencia inglesa", decía
acerca de sí mismo: "Ignoro lo que pensará el mundo de
mí; pero, lo que es a mi mismo, paréceme que no he sido
sino como un muchacho que juega en la playa, divirtiéndome
con hallar de vez en cuando un guijarro más pulido o una
concha más bonita que de ordinario, mientras delante de mi
se extendía enteramente sin descubrirse el gran océano de
la verdad."
De poder aplicarse a algún
mortal la palabra "genio", cuadra a este solterón
atormentado, quisquilloso, nervioso e introspectivo; a este
sigiloso y retraído "filósofo natural" y teólogo
deísta; a este Fausto inglés, que con aspera mano pulió el
primer telescopio reflector, revolvió libros de alquimia y
manipuló hornillas y alambiques en el fementido "elaboratorio"
que tenía junto a sus incómodas habitaciones siendo
profesor de matemáticas de Cadmbridge; a este hombre que,
entre un brillante grupo donde se contaban Halley, Hooke y
Wren, fue el único que en Inglaterra pudo resolver los
problemas astronómicos relativos al movimiento (dada la
trayectoria) de los cuerpos celestes. Manifestándosele
entusiasta por estos problemas, logró Halley obtener que, a
regañadientes, le pusiera Newton en las manos el texto de
los celebérrimos Principia Mathematica
Philosophiae Naturalis( "Principios matemáticos de la
filosofía natural"). Por fin en 1678
publicó Halley (¡por su cuenta!) los Principia, como suele
llamarse la obra. La sección concerniente al influjo del Sol
y de la Luna en las mareas fue la que produjo mayor revuelo
en aquella nación de marinos.
Nació Newton en el año de
1642 en Woolsthorpe, del condado de Lincoln. Pronto
comensaron para él los años fecundos de la vida, durante la
peste de 1665 y 1666, época en que se vió forzado a volver
de Cambridge al campo. "En aquellos tiempos estaba yo en
la flor de mi edad por lo que toca a la invención -escribe-;
y me daba a las matemáticas y a la filosofía como nunca
antes de entonces". Entre las cosas que descubrió
durante aquellos fértiles años se encuentran la ley de la
gravitación universal, con ayuda de la caída de la manzana
y de las leyes de Kepler; el cálculo infinitesimal, acerca
de lo cual los amigos de Newton disputaron agriamente con el
filósofo y matemático alemán Leibniz; la teoría de los
colores, que, andando el tiempo, constituyó la materia de su
segunda obra, intitulada "Optica"(1704); y el
teorema algebraico del binomio.
En los últimos años de su
vida, Sir Isaac Newton, dando de mano a la ciencia, se
convirtió en figura olímpica: fue miembro del parlamento,
presidente de la Sociedad Real (1703 -1727), conservador (1696)
y luego director (1699) de la casa de moneda. Fue sepultado
en la abadía de Westminster, colmado de honores por sus
conciudadanos , quienes cabalmente, por quel entonces,
estaban a punto de terminar la construcción de una flota
poderosa y de construir un imperio mercantil, a pesar de la
oposición de los holandeses y portugueses; no porque Newton
hubiese escrito los Principia, que pocos leían, sino porque
salvó la moneda depreciada y restauró el crédito nacional,
sin lo cual hubiesen sido imposibles las conquistas
mercantiles.
Los Principia, que constan de
250,000 palabras, se escribieron en lengua latina. La
traducción inglesa que empleamos aquí fue la hecha en 1729
por Andrew Motte, ligeramente retocada por Florian Cajori y
publicada en 1934 (University of California Press). La "Optica"
se escribió en inglés.
Copia de una carta de Sir
Isaac Newton al Hon. Mr. Boyle.
Febrero, 28 de 1678/9
Honorable señor:
He dilatado tanto en enviarle
a usted mis ideas sobre las propiedades físicas de que hemos
hablado, que si no me creyera obligado por una promesa, creo
que debería avergonzarme de enviarla finalmente. lo cierto
es que mis ideas acerca de estas cosas están tan poco
elaboradas, que no estoy muy satisfecho de ellas, y difícilmente
puedo considerar digno de ser comunicado a otros lo que a mi
mí mismo no me satisface, especialmente en la filosofía
natural, donde no hay límite a la especulación.
Pero estándole obligado y
habiendo encontrado ayer a un amigo, Mr. Maulyverer, quien me
dijo que iba a Londres y que se proponía proporcionarle la
incomodidad de una visita, no puedo menos de aprovechar la
oportunidad de enviarle a usted ésta por su intermedio.
Lo que usted desea de mí es sólo
una explicación de propiedades; fijaré mis opiniones en
forma de suposiciones, como sigue:
1o.
Supongo que existe una sustancia etérea difundida por todas
partes, capaz de contraerse o dilatarse, sumamente elástica,
en una palabra, muy parecida al aire, en todo respecto, pero
mucho más sutil.
2o.
Supongo que este éter penetra en todos los cuerpos sólidos,
pero de tal manera que está más rarificado en sus poros que
en los espacios libres, y tanto más rarificado cuanto más
pequeños sean sus poros. Y yo supongo (y conmigo otras
personas) que esto sea la causa por la cual la luz, al
incidir sobre estos cuerpos, se retracta hacia la
perpendicular;

por la cual dos metales bien
pulidos se adhieren mutuamente en un recipiente del cuerpo
del que se ha extraído el aire; por la cual el mercurio se
eleva a veces hasta el extremo superior de un tubo de vidrio,
aunque sea de altura mayor de treinta pulgadas, y una de las
causas principales por la cual las partes de todos los
cuerpos se mantienen en cohesión; es también la causa de la
filtración y de que el agua, en finos tubos de vidrio, se
eleve por encima de la superficie del nivel del agua en la
cual se han sumergido; pues supongo que el éter deberá
estar más rarificado no sólo en los invisibles poros de los
cuerpos, sino aun en las mismas cavidades sensibles de estos
tubos. Y, por el mismo principio, los disolventes penetrarían
violentamente en los poros de los cuerpos que ellos
disuelven, pues tanto rl éter circundante como la atmósfera
los presiona uno contra otro.
3o.
Supongo que el éter más enrarecido está dentro de los
cuerpos y el más denso fuera de ellos, sin estar ambos
separados por una superficie matemática, sino que existe una
transición a hacerse más raro, y el interno a aumentar su
densidad a una pequeña distancia de las superficies del
cuerpo y pasando por todos los grados intermedios de
densidad, en los espacios entre ellos. Y ésta puede ser la
causa por la cual la luz, en el experimento de

Grimaldi, al pasar por el filo
de un cuchillo u otro cuerpo opaco, se desvía como si se
refractara y produce por ello varios colores. Sea A B C D un
cuerpo denso, opaco o transparente; E F G H, el lado exterior
del éter uniforme que está dentro de él; I K L M, el lado
exterior del éter uniforme que está fuera de él, e imagínese
que el éter, que se encuentra entre E F G H e I K L M, pasa
por todos los grados intermedios de densidad, entre los de
los éteres uniformes a cada lado. Supuesto esto, los rayos
del sol que pasan por el canto de este cuerpo, entre B y K,
deben, al atravesar el éter, desigualmente denso allí, ser
desviados por el éter más denso, que en aquel lado lo es
hacia K; y esto tanto más cuanto más cerca pase del cuerpo
y, en consecuencia, para difundirse por el espacio P Q R S T,
como la experiencia ha demostrado que ocurre. Llamará ahora
el espacio entre los límites E F G H e I K L M, el espacio
de rarificación gradual del éter.
4o.
Cuando dos cuerpos se mueven el uno hacia el otro, se
acercan; supongo que el éter, entre los dos, tiende a un
estado mayor de rarificación que anteriormente, y el
espacio, donde esto ocurre gradualmente, se extiende más allá
de las superficies de los cuerpos, aproximándose mutuamente,
y esto ocurre porque el éter no puede desplazarse y seguir
ese movimiento tan libremente en el estrecho pasaje entre los
cuerpos como ocurría antes de que se acercran.
Así, pues, si el espacio de
rarificación gradual del éter alcanza desde el cuerpo A B C
D E F sólo hasta la distancia G H K M R S, cuando no esxiste
cerca ningun otro cuerpo, podrá llegar más allá hasta I K,
cuando se acerca otro N G P Q: al aproximarse más y más el
segundo, supongo que el éter entre ambos se rarifica más y
más.

He expresado estas
suposiciones como si pensara que los espacios del éter
gradual tuvieran límites precisos, lo que se ha expresado
mediante I K L M en la primera figura, y G M R S en la
segunda, pues he creído expresarme mejor así. Pero, en
realidad, no creo que tengan tales límites precisos, sino, más
bien, que decrecen insensiblemente y disminuye, extendiéndose
así a una distancia mayor que la que fácilmente pudiera
creerse o fuera necesario suponer.
5o.
Se sigue ahora de la cuarta proposición que cuando dos
cuerpos se aproximan, se acercan tanto, que el éter entre
ambos empieza a rarificarse, ofrecerán a disminuir su
distancia mutua y tenderán a separarse, aumentando esa
resistencia e intentando alejarse mutuamente; esta
resistencia a unirse y esta tendencia a separarse aumentarán
a medida que se aproximen, porque en tanto su distancia
disminuya, hará que el éter interpuesto se rarifique más y
más, pero, finalmente, cuando se hayan aproximado tanto que
el exceso de presión del éter externo, que rodea a ambos
cuerpos por encima del éter rarificado que está entre
ellos, sea tan grande como para vencer la resistencia que
tienen los cuerpos a entrar en contacto, entonces ese exceso
de presión los juntará con violencia y hará que se
adhieran fuertemente, como se dijo en la segunda suposición.
Por ejemplo: en la segunda
figura, cuando los cuerpos E D y N P están tan cerca que los
espacios de rarificación gradual del éter empiezan a
coincidir y se encuentran en la línea I K, el éter entre
ambos habrá experimentado una rarificación muy grande, la
cual requiere mucha energía, es decir, una presión enérgica
de ambos cuerpos, el uno contra el otro, y la tendencia del
éter, situado entre ellos, a volver a su estado natural
previo de condensación, hará que los cuerpos tiendan a
separarse, mutuamente. Pero, por otra parte, para contrapesar
esta tendencia, no habrá todavía ningún exceso de densidad
del éter que rodea a los cuerpos, por encima de la del éter
que se encuentra entre ellos, sobre la línea I K. Pero si
los cuerpos se acercan más, tanto que el éter sobre la línea
intermedia I K se rarifique más que el éter circundante, se
originará del exceso de densidad del éter circundante una
compresión de los cuerpos, el uno hacia el otro, la cual; al
aproximarse éstos más, llega a ser tan grande como para
vencer la tendencia, anteriormente descrita, que tienen los
cuerpos a separarse mutuamente; irán, pues, el uno hacia el
otro, y se adherirán mutuamente. Y si, por el contrario,
alguna fuerza los separa hasta una distancia tal que la
tendencia de separarse empiece a sobrepasar la tendencia
contraria, se separarán violentamente de nuevo. Por lo que
supongo, a eso se debe particularmente que una mosca recorra
la superficie del agua sin mojarse las patas, y, en
consecuencia, sin tocar el líquido; que dos piezas de
cristal pulido no puedan ser puestas en contacto sin presión,
ni aunque sea la una plana y la otra débilmente convexa; que
las partículas de polvo no adquieran cohesión por la presión
como lo harián si sólo se tocasen plenamente; que las partículas
de los colorantes y las sales disueltas en el agua no se reúnan
por sí mismas y se depositen en el fondo, sino que se
difundan por todo el líquido y se expandan aún más si
usted agrega más líquido. También que las partículas de
vapor, de las exhalaciones y el aire se mantengan a una
distancia mutuamente y tiendan a separarse las unas de las
otras, en tanto que la presión de la atmósfera que nos
rodea se lo permita; pues yo consibo la confusa masa de
vapores, aire y exhalaciones que llamamos atmósfera como
nada más que partículas de toda clase de cuerpos, de los
cuales consiste la tierra, separadas mutuamente y mantenidas
a distancia por dicho principio.
La acción de los disolventes
sobre los cuerpos puede deducirse así de estos principios.
Supóngase un colorante cualquiera, como la cochinilla o el
palo de campeche, colocado en el agua; tan pronto como el líquido
penetra en sus poros y lo humedece por todos lados, cualquier
partícula que está adherida al cuerpo, sólo por el
principio de la segunda suposición, se separa de él, o, por
lo menos, disminuirá mucho la eficacia de ese principio,
para mantener la partícula unida al cuerpo, porque hace que
el éter, en todos los lados de la partícula, tenga una
densidad más uniforme que antes. Y entonces la partícula,
al ser separada por cualquier pequeño movimento, flota en el
agua y, con muchas otras, forma un tinte, el cual será de
algún color vivo si las partículas son todas del mismo tamaño
y densidad y, de otra manera, de un color impuro. Pues los
colores de cualesquiera cuerpos naturales parecen no depender
sino de las diferentes dimensiones y densidad de sus partículas,
como creo usted ya lo habrá visto descrito por mí más
amplimaente en otro lugar. Si las partículas son muy pequeñas
(como las de las sales, ácidos y resinas), son
transparentes, y si se las supone más y más grandes,
producen los colores en su orden: negro, blanco, amarillo,
anaranjado, rojo, púrpura, azul, verde, amarillo anaranjado,
rojo, etc., como se distingue por los colores que aparecen en
diferentes espesores de planchas muy finas de cuerpos
transparentes. De ahí que, para conocer las causas de los
cambios de colores que se obtienen frecuentemente mezclando
diferentes líquidos, se considerará cómo cambian el tamaño
y la densidad de las partículas al mezclarlas con otras.
Cando se sumerge un metal en
el agua común, ésta no puede entrar en sus poros para obrar
sore él y disolverlo; no porque el agua consista en partículas
demasiado grandes para este proposito, sino porque es
inasociable al metal, pues existe un cierto principio secreto
en la naturaleza, por el cual los líquidos son asociables a
ciertas cosas e inasociables a otras. Así, el agua no se
mezclará con el aceite, pero sí rápidamente con el espirítu
de vino o con las sales; penetra en la madera, lo que no haría
el mercurio, pero éste penetra en los metales, lo que no haría
el agua; así, el agua fuerte disuelve la palta y no el oro;
el agua regia, el oro y no la plata, etc. Pero un líquido
que por sí es inasociable con un cuerpo, puede, mezclándolo
con un intermediario conveniente, hacerse asociable; así, el
plomo fundido, que sólo no se mezclaría con el cobre o con
régulo de marte, por la adición de estaño se mezcla con
cualesquiera de ellos, y el agua, por mediación de los espíritus
salinos, se mezclará con metal. Ahora, cuando algún metal
es colocado en el agua, impregnada con tales espíritus, como
agua fuerte, agua regia, espíritu de vitrolo u otros
parecidos, las partículas de los espíritus, al golpear
sobre algún metal por su asociabilidad, entrarán en sus
poros y reunirán sus partículas extenas; y, por la ventaja
del movimiento en el cual las partículas del metal se
aceleran gradualmente, entran estas partículas en el cuerpo
y las separan de él; y el agua, al entrar en los poros
juntos con los espíritus salinos, disgregará aún más las
partículas del metal, de tal modo que por ese movimiento la
solución las pone en estado de ser fácilmente disgregadas y
hace flotar en el agua las partículas salinas, rodeando
todavía a las metálicas, como una armadura al cuerpo, según
la manera expresada en la figura anexa, en la cual yo he
supuesto redondas las partículas, aunque pudieran ser cúbicas
o de cualquier otra forma.

Si bien en una solución de
metal así obtenida se vierte un líquido en el cual abunden
partículas, frente a las cuales las primitivas salinas son más
asociables que frente a las moléculas de metal (supóngase
con partículas de sal de tártaro), entonces, tan pronto
como ellas golpean las unas contra las otras, en el líquido,
las salinas adquirirán una adherencia más enérgica a estas
partículas que a las metálicas y, gradualmente, serán
arrancadas de éstas para rodear a aquéllas.
Supongamos que A sea una partícula
metálica encerrada entre otras salinas de espíritu de
nitro, y E una partícula de sal de tártaro, que se
encuentra contigua a dos de las partículas de espíritu de
nitro, b y c; y supongamos que la partícula E es impedida
por algún movimiento hacia d, de tal modo que gira alrededor
de la partícula c hasta tocar la partícula d; la partícula
b, que se adhiere más firmemente a E que a A. Será
forzosamente separada de A. Y, por los mismos medios, la partícula
E, al girar alrededor de ella, separará el resto de las partículas
salinas, la una después de la otra, hasta haber conseguido
que todas o casi todas se coloquen alrededor de ella. Y
cuando las partículas metálicas queden así desprovistas de
nitrosas, que como un intermediario entre ellas y el agua las
mantiene flotando en ellas, las alacalizadas, deslizándose
por el espacio que las metálicas ocupaban antes, apretarán
éstas las unas contra las otras, y entonces, por medio del
principio de la segunda suposición adquirirán cohesión y
formarán gránulos y caeran por su peso al fondo, lo que se
llama presipitación.
En la solución de metales,
cuando una partícula está a punto de separarse del cuerpo,
tan pronto como llega a tal distancia de él, que es el
principio de repulsión descrito en las suposiciones 4a. y 5a.,
empieza a sobreponerse al de atracción descrito en la
segunda suposición, el alejamiento de la partícula se
acelerará de tal modo que ella se separará violentamente
del cuerpo y, poniendo al líquido en rápida agitación,
engendra y produce aquel calor que frecuentemente encontramos
ocurre en las soluciones de metales. Y si ocurriera que
alguna partícula fuera arrancada así del cuerpo antes de
ser rodeada por el aguao de separarse con tal suavidad como
para librase de ella, el líquido, por el principio de las
suposiciones 4a. y 5a., se mantendrá alrededor de la partícula
y la rodeará como un halo, no siendo capaz ya más de llegar
aun contacto con ella. Y varias de estas partículas,
formando después un gránulo, por el mismo principio de
mantenerse a igual distancia la una de la ortra, sin agua
entre ellas, formarán un grano de metal. De ahí, supongo
yo, que en las soluciones bruscas generalemente siempre
ocurre una ebullición.
Es éste un método para
transformar sustancias sólidas, compactas en otras áreas.
El calor es otro procedimiento. Pues tan pronto como el
movimiento del calor puede sacudir las partículas de agua de
su superficie, éstas, en virtud de dicho principio, flotarán
en el aire a una distancia mutua de sí mismas y de las partículas
de aire, formando aquellas sustancias que nosotros llamamos
vapores. Así supongo yo que ocurre cuando las partículas
del cuerpo son muy pequeñas (como supongo lo son las partículas
de aire), de tal modo que sólo basta la acción del calor
para separarlas. Pero si las partículas fueran mayores,
requerirán la acción de los ácidos para separarlas, a
menos que por cualquier medio las partículas se rompan
previamente en otras más pequeñas. Así, puede depender la
volatilidad y la fijeza de los cuerpos de las diferentes
dimensiones de sus partículas.

Y de esa misma diferencia de
dimensiones puede depender la mayor o menor persistencia de
las sustancias aéreas en su estado de rarificación. Para
comprender esto, supongamos que A B C D sea una pieza grande
de cualquier metal, E F G H el límite del éter interior
uniforme y B una parte del metal sobre la superficie A B. Si
esta parte o partícula B es tan pequeña que no alcanza
hasta el límite E F, es claro que el éter en su centro debe
encontranse menos rarificado que si la partícula fuera
mayor; pues si así fuera, su centro estaría situado más
lejos de la superficie A B, es decir, en un lugar donde, por
hipótesis, el éter está más rarificado. Cuanto más pequeña
sea la partícula B, tanto más denso será el éter en su
centro, porque éste se acercará más a la arista A B, donde
el éter es más denso que dentro del límite E F G H. Y si
la partícula fuera separada del cuerpo y conducida a una
distancia de él donde el éter fuera todavía más denso, el
éter interior aumentará proporcionalmente su densidad. Si
usted considera esto, comprenderá cómo al disminuir las
partículas de tamaño, la rarificación del éter interior
disminuirá hasta que haya poca diferencia entre el éter
interior y el exterior, es decir, hasta que haya desaparecido
la causa que mantiene a esta y otras partículas tales auna
cierta distancia mutua. Pues esa causa, explicada en las
suposiciones 4a. y 5a., era el exceso de densidad del éter
exterior por encima del interno. Esta es, probablemente, la
razón por la cual las pequeñas partículas de los vapores
se reúnen con facilidad y forman nuevamente agua, a menos
que el calor, que las mantiene an agitación, sea tan grande
para separarlas tan pronto como se reunen; pero las partículas
más compactas de las exhalaciones originadas por
fermentaciones mantienen su forma aérea de una manera más
persistente, por estar más rarificado el éter dentro de
ellas.
No sólo las dimensiones, sino
también la densidad de las partículas conduce a la
permanencia de las sustancias aéreas en esta forma. Pues el
exceso de densidad del éter fuera de ellas, por encima del
que está adentro, es aún mayor lo que me ha hecho pensar
algunas veces que el verdadero aire permanente podría ser de
origen metálico, pues no hay ninguna sustancia cuyas partículas
sean más densas que las de los metales. Creo que esto está
también corroborado por la experiencia, pues me acuerdo de
haber leído alguna vez que el señor Huygens, de Paris,
encontró que el aire obtenido disolviendo sal de tártaro se
condensa y deposita en dos o tres días, mientras que el aire
obtenido disolviendo un metal permanese sin condensarse en lo
más mínimo. Si usted considera entonces como, mediante la
continua fermentación que tiene lugar en las entrañas de la
tierra, existen sustancias aéreas desprendidas de todas
clases de cuerpos, las cuales, en su conjunto, forman la atmósfera,
y que, de todas éstas, las metálicas son las más
persistentes, usted no considerará absurdo que la parte más
persistente de la atmósfera, el verdadero aire, esté
constituido por ellas, especialmente desde que son las más
pesadas de todas, y, por ello, se asientan en las partes más
bajas de la atmósfera y flotan sobre la superficie de la
tierra, y sostienen a las más ligeras exhalaciones y vapores
que flotan en gran abuandancia sobre ellas. Así, digo, deberá
ocurrir con las exhalaciones metálicas que emergen de las
entrañas de la tierra por la acción de los disolventes ácidos,
y así ocurre con el verdadero aire permanentemente: pues éste,
como es rezonable, es considerado como la parte más pesada
de la atmósfera, por estar colocado en la parte más
inferior, de donde se descubre su pesantez, haciendo que los
vapores asciendan fácilmente en ella, sosteniendo las
nieblas y nubes de nieve, y manteniendo en suspensión
granizos grandes y pesados. El aire es también la parte más
consistente e inactiva de la atmósfera, que no proporciona
ningún alimento a los seres vivientes si se le priva de las
más tenues exhalaciones y vapores que flotan en ella, y ¡qué
más inactivo o carente de valor alimenticio que los cuerpos
metálicos!
Escribiré una conjetura más
que se me ocurrió ahora, mientras escribía esta carta,
acerca de la causa de la gravedad. Con este fin, supondré
que el éter consiste en partes que difieren mutuamente en su
sutilidad, pasando por infinitas graduaciones; que en los
poros de los cuerpos se encuentra menos éter más compacto,
en proporción al sutil que en espacios abiertos, y, en
consecuencia, que en el gran cuerpo de la tierra hay mucho
menos del éter más compacto en proporción al sutil que en
las regiones del aire, y que, además, el éter más compacto
en el aire afecta la regiones superiores de la tierra, y el más
sutil las regiones más bajas del aire, de tal manera que
desde el punto más alto del aire hasta la superficie de la
tierra, y, nuevamente, desde la superficie de la tierra al
centro de la misma, el éter se hace insensiblemente más y más
fino.
Imagínese ahora cualquier
cuerpo suspendido en el aire, o que yace sobre la tierra, y
que el éter, por hipótesis, por ser más denso en los poros
que se encuentran en la parte superior del cuerpo que en
aquellos que estan en las partes más bajas, y aquel éter más
compacto, por ser menos apto para situarse en esos poros que
el éter más sutil, tratará de escapar y seder su sitio al
éter más fino abajo, lo que no puede ocurrir sin que los
cuerpos desciendan para hacer lugar. De esta supuesta
sutilidad gradual de las partes del éter, algunas cosas más
arriba mensionadas podrían ser ilustradas más
detalladamente y ser explicadas de manera más inteligible,
pero, por lo que se ha dicho, usted dicernirá fácilmente si
en estas conjeturas existe algún grado de probabilidad, que
es todo lo que yo deseo. En lo que a mi respecta tengo tan
poca inclinación por estas cosas, que, si no me hubieran
movido sus palabras de aliento, no creo que nunca las hubiera
levado al papel. Lo que en ello haya de erróneo, espero, en
consecuencia, que usted se lo perdonará fácilmente a su . .
. etcétera
Carta al honorable
Mr. Boyle acerca de la causa de la gravitación.
Trad. de J. Novo Cerro (Buenos Aires, 1943)