SI LA NATURALEZA PUDIERA VOLVER SOBRE SUS PASOS


William
Thomson (Lord Kelvin) (1824-1907)

Hombre de acción, agresivo y de palabra fácil, al
contrario del taciturno y retraído Gibbs, el otro gran maestro de termodinámica del
siglo XIX, William Thomson, más adelante Lord Kelvin, nacido en Belfast, se hizo
famoso con sus teorías y rico con sus inventos. Empleado como perito científico al
tenderse los cables telefónicos transatlánticos en 1857-1858 y 1855-1866, inventó
Kelvin numerosos instrumentos de capital importancia para el buen éxito del servicio
de telégrafo submarino, entre ellos el galvanómetro de espejo, el registrador de
sifón y (junto con Fleeming Jenkin) el transmisor de barbada. Entre centenares de
otros inventos suyos anotaremos un aparato para predecir las mareas, una brújula
marina perfeccionada y un analizador armónico. No tuvo a menos el avispado profesor
de la Universidad de Glasgow bajar a la arena para defender sus derechos de patente y
los productos pecuniarios de los mismos.
Como físico matemático puso Kelvin los fundamentos de
la teoría de las oscilaciones eléctricas, propugnó la escala absoluta de
temperaturas, y repuso la doctrina de la disipación de la energía. Sostiene dicha
teoría que, habiendo de permanecer constante la energía total de un sistema, va
disminuyendo sin restar su energía útil. Penetrando con mirada sagaz la
demostración dada por Joule de la convertibilidad del calor y el trabajo, pronto se
percató de que era contrario a la razón y al sentido común que todos los procesos
que ocurren en el mundo puedan reducirse a las propiedades de una máquina perfecta,
que puede funcionar hacia atrás lo mismo que hacia adelante. En el breve pasaje que
aquí reproducimos refuta esa idea del perfecto mecanismo del universo. El lenguaje de
que se vale es el propio de un conferenciante consumado, como lo era Kelvin. Los
epistemólogos científicos modernos, como Sir Arthur Eddington, están de acuerdo con
el principio fundamental enunciado aquí, según el cual, aun cuando pudiera
concebirse que el tiempo mismo anda hacia atrás en dirección de lo pasado y marcha
adelante en dirección de lo futuro, la entropía no puede andar sino en una sola
dirección, a saber, hacia el estado de perfecto equilibrio termodinámico.
El pasaje que reproducimos por vez primera en Proceedings
of the Royal Society of Edimburg (vol. 8, pp. 325-331, 1874).
Así pues, de invertirse cabalmente a cada instante el
movimiento de todas y cada una de las partículas de la materia del universo,
sencillamente la trayectoria de la naturaleza tornaría por siempre sobre sus pasos.
El copo de espuma que revienta el pie de una cascada tornaría a reunirse y descender
al agua; los movimientos termales concentrarían de nuevo su energía y lanzarían a
lo alto la mole de la catarata en forma de gotas que constituyesen de nuevo una
columna de agua ascendente. El calor producido por el roce de los cuerpos sólido y
disipado por la conducción, la radiación y la absorción, volvería al punto de
contacto y arrojaría los cuerpos móviles en dirección contraria a la fuerza a que
antes había cedido. Los cantos rodados recuperarían, sacándoles del barro, los
elementos necesarios para reconstruirse en sus antiguas formas dentadas, y otra vez se
juntarían con el picacho del que fueron arrancados. Y también, de ser verdadera la
hipótesis materialista acerca de la vida, los seres vivientes se desarrollarían en
sentido inverso, dotados de conocimiento consciente de lo futuro, aunque sin recuerdo
alguno de lo pasado, y tornarían a seres no nacidos.
Empero los fenómenos reales de la vida trascienden
infinitamente la ciencia humana, y es del todo ociosa la especulación acerca de las
consecuencias de la reversión imaginada. Todo lo contrario sucede con la reversión
de la materia en que no influye la vida; pues basta una consideración muy elemental
para llevarnos a una explicación plena de la teoría de la disipación de la
energía.
Del libro Autobiografía de la ciencia de
Forest Ray Moulton y Justus J. Schifferes (Traducción de Francisco A. Delpiane).